CAPRI, NERUDA Y YO

Dejé atrás Sorrento con sus limoneros, que asomaban desde los muros, muy amarillos y aromáticos. Así, caminado, me dirigí al puerto para tomar un trasporte hacia el lugar que fue paraíso y refugio de tantos escritores, mientras descubría y me demoraban nuevas calles y construcciones de esa hermosa ciudad.

Más tarde, cerca del mediodía, al navegar el mar Tirreno rumbo a la Isla de Capri, en pleno invierno europeo, con ese mar azul de fondo y la Costa Amalfitana como compañía, pude imaginar el lugar extraordinario que visitaría durante unas pocas horas.

Callejear por esa isla de “sirenas” que contemplaron los griegos, lugar elegido por emperadores como Augusto y Tiberio me llenaba de expectativa en aquel frío febrero.

Desde la embarcación, a lo lejos, se veían los acantilados rocosos donde rompen las olas bajas, más allá verde, casas blancas en las laderas y, al fin, el puerto: Marina Grande. No había gran cantidad de embarcaciones, solo unas pocas de escaso porte, lo cual me indicaba que en ese momento no encontraría gran cantidad de turistas. Esto me hizo sentir afortunada.

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Pude elegir ascender en autobús o en funicular, opté por el primero. Él me condujo al único lugar de la isla que visitaría (dado el escaso tiempo del que disponía), se dirigía por caminos muy sinuosos pegados a las laderas de las montañas, atrás quedaba el mar que volvería a ver desde la pequeña ciudad.

Mi espíritu viajero hacía que disfrutara a cada paso lo que veía, a lo que se sumaba la increíble experiencia de estar mirando, tal vez, el paisaje que inspiró a Pablo Neruda en su corta estadía en la isla, donde un 3 de mayo de 1952, la luna lo “unió en matrimonio” con Matilde Urrutia, lo cual fue relatado por ella tiempo más tarde.

El “vate de América” vivió en este lugar parte de su exilio y una doble vida sentimental, siempre en contacto con el mar, ese medio que tantas veces lo inspirara; el mar, donde “todo nace y todo se termina”. Fue allí, al calor del fuego, donde escribió “¿Recuerdas cuando/en invierno/llegamos a la isla? / El mar hacia nosotros levantaba/una copa de frío. /En las paredes las enredaderas/susurraban dejando/caer hojas oscuras a nuestro paso”.

En esta oportunidad, no solo me acompañaba mi libro viajero “Los versos del capitán”, sino también una antigua fotografía que le fue tomada al poeta. Recuerdo que la recorté de un viejo periódico y suelo utilizarla como marcador. Se lo observa con mirada serena, posando para una foto en uno de los miradores que dan al mar. Por su vestimenta, intuyo que hacía mucho frío, algo de viento y, posiblemente, el oleaje haya sido importante. “El viento es un caballo/óyelo cómo corre/por el mar/por el cielo”. Tal vez, estos versos hayan sido pensados, en ese lugar, por el poeta chileno al observar un mar que no era el suyo, no era el Océano Pacífico, tan distante de su patria y de sus seguidores que tanto lo respetaban.

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La vista es espectacular: los acantilados altos, playas cortas con canto rodado y el increíble mar azul de Neruda, ahí, solo debo bajar levemente la mirada y los encuentro a mis pies. Alguna gaviota arriesgada se acerca a picotear restos de pan que dejan, a propósito, los pocos turistas que me acompañaron en el ferri.

Casi toda Capri para mí, sus callecitas “torcidas”, vacías en invierno me resultaron sumamente acogedoras; no puedo dejar de imaginar la isla en el contexto que recibió en 1952 a Neruda, no faltan fotografías donde se lo ve mirando el horizonte, paseando por las calles junto a Matilde, quien luego lo acompañaría en su regreso a Chile en plena dictadura militar. Versos como estos escribió sin dejarse llevar por el desánimo ni abatir por el desarraigo: “Tu pueblo/tu pueblo desdichado/entre el monte y el río/con hambre y con dolores/no quiere luchar solo/te está esperando/amigo mío”.

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Continuando con mi caminata, veo preparativos para la fiesta de Carnaval en la pequeña plazoleta, música, escasos turistas que comienzan a sentarse en las veredas buscando lugarcitos al sol. Todo se mantiene igual que en los años cincuenta, pude observarlo en fotografías de época siguiendo los pasos del Nobel. Parece todo parado en el tiempo: el municipio, el exterior de los restaurantes, los frentes de las casas devenidas en locales de venta de ropa de alta costura.

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Prefiero alejarme tomando un riquísimo helado artesanal, el mejor de toda Italia, vuelvo al balcón-mirador donde, supongo, se inspiraba Neruda. Quiero creer que esto fue así, el lugar lo amerita. Solo el ruido que emite el mar, las gaviotas que graznan de vez en cuando, unos pocos turistas con los que vamos intercambiando el turno para tomarnos fotografías y yo.

Saber que recorrió esas calles, que miró ese mismo mar, desde el mismo mirador, hace que mi espíritu viajero se vea colmado. Con eso me siento gratificada, nada más ni nada menos…

2 comentarios sobre “CAPRI, NERUDA Y YO

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