POTSDAM, DIGNA VECINA DE BERLÍN

Berlín me proyectó hacia el futuro al verla tan cosmopolita, tan llena de jóvenes, con tantos edificios en plena reconstrucción mostrando los vestigios de la guerra (BERLÍN, LA CIUDAD DE LAS GRÚAS). Berlín es una ciudad que cala hondo, en un principio conmociona, genera una sensación abrumadora inicialmente. Necesitaba cambiar de aire, procesar todo lo que había visto.

Así fue como decidí visitar Potsdam, situada a escasos 40 km. de su vecina, Berlín. Ella me llevaría hacia un pasado deslumbrante y con su propio atractivo histórico, esta ciudad “tiene todo lo que Berlín no tiene” leí por ahí y bastó para que hiciera la elección para visitarla.

El objetivo era recorrer las inmediaciones del Palacio de Sanssouci. Este nombre, que significa “sin preocupaciones,” hace referencia no solo al palacio, sino también a una serie construcciones más pequeñas que hizo edificar Federico II el Grande, rey de Prusia, a mediados del siglo XVIII, en plena Ilustración. El monarca, rápidamente para la época que vivió, adoptó ideas avanzadas. Y, haciendo gala del nombre que le dio a su palacio, se dedicó al cultivo de las artes (entre otros intereses que tuvo). El mismo solía agasajar a sus invitados mediante conciertos de flauta travesera.

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El estilo arquitectónico del palacio y su ingreso es Rococó. Como no soy experta en arte, simplemente, deslumbrada me dejé llevar por el guía que hablaba un perfecto español. Disfruté la descripción de cada detalle, reja o glorieta que tuve frente a mí. No me fue difícil imaginar a Federico II interviniendo en la planificación y decoración del lugar, también presentí a la nobleza disfrutando de esos magníficos jardines palaciegos a los que encontré similares a los de Versalles. Observé en detalle los lagos con sus correspondientes fuentes, árboles y flores aún en invierno. Todo hizo que demorara mis pasos tratando de disfrutar la amabilidad del lugar.

 

 

Del agradable conjunto arquitectónico que se me presentó y de la interesante vida palaciega de Federico II, rescato algunas “excentricidades” que lo tienen protagonista o mentor.

  • Su búsqueda por lo diferente o la innovación, hizo que los viñedos fueran convenientemente conservados en las terrazas de su imponente parque, gracias a una especie de postigos que se encontraban adheridos al muro y permitían la filtración del sol según se abrieran o cerraran, así le daban a la planta la temperatura que necesitaba para que pueda cumplir con su ciclo vital.

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  • La tumba de Federico II no condice en absoluto con sus gustos palaciegos, es sumamente austera. Visitada por los turistas quienes, por tradición, tres siglos después de su muerte aún le dejan papas como obsequio u homenaje. Cuenta la historia que, habiendo llegado la hambruna a esa zona, el rey intentó introducir el tubérculo como alimento, no le resultó fácil hacerlo, lo logró solo en parte en el contexto que vivió. Según sus dichos, la papa era “para los animales y la gente de clase baja”. De cualquier manera, su idea en cuanto a alimentación y siembra del tubérculo con otros fines prácticos fueron muy destacables en su momento.

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  • Dentro del inmenso parque, entre lagos y bosques deslumbrantes hizo construir una especie de pagoda china que le sirvió como Casa de Té, la misma siguió al estilo de moda en el momento: rococó y arquitectura oriental. En ella homenajeaba a sus más importantes visitantes. Hoy, luce de manera extraña, como fuera de contexto desde nuestra mirada. De igual manera, el molino holandés que el monarca hizo que se construyera en el ingreso de su palacio habla a las claras de la extravagancia y conocimiento del mundo que tuvo ese personaje histórico. La misma reflexión me genera la presencia de otros edificios considerados como riqueza arqueológica en otros lugares de Europa y Asia.

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  • Mención aparte merece su amistad con Voltarie, quien se convirtió en su protegido durante tres años. A mediados del siglo XVIII, de la misma manera que atrajo a la corte a sabios y otros escritores franceses, le brindó su mecenazgo. Esta relación terminó abruptamente con una suerte de huida del escritor más famoso de Francia y, quizás, de toda Europa. El carácter obsesivo del monarca provocó la “desaparición” del poeta. Antes lo había llamado “Salomón del Norte” y le había dedicado versos muy sentidos.

Busqué dejar atrás todos los sentimientos encontrados que me provocaba mi estadía en Berlín, así tomé una alternativa que me permitiera distenderme para continuar el día siguiente con el recorrido por esa ciudad que tanto me movió a la reflexión.

Dejé para el final de mi visita a Potsdam conocer sus calles más importantes, una de ellas, desemboca en su centro histórico. Una vez más el fantasma de la Segunda Guerra Mundial me esperaba, allí fui informada de la reconstrucción que sufrió este lugar luego de un feroz bombardeo al que fue sometido en la Segunda Guerra Mundial y también de la importancia que tuvo durante la Guerra Fría.

La guerra, siempre el fantasma de la guerra que genera, aún, tanta literatura y películas

Me despido de Potsdam atravesando el río Havel a través del “Puente de espías”. La Historia y la ficción van de la mano. Puedo recordar a Tom Hanks protagonizando a un arriesgado abogado que, en el año 1960 durante la Guerra Fría, queda envuelto en problemas entre las dos grandes potencias y decide arriesgarlo todo por sus ideales. Aún recuerdo con nitidez la escena en la que atraviesa el puente en una fría noche de invierno. El puente, que aún conserva el color que le dieron en 1915 para la filmación de la película, se erige como testigo y protagonista de un hecho histórico que generó la ficción.

 

 

Potsdam impone su propio ritmo a quienes deseen visitarla: tranquila, silenciosa, ordenada abre sus puertas con naturalidad y la sobriedad de quienes se saben grandes por naturaleza. Me siento complacida por haberla descubierto.

Veo el puente a lo lejos, le tomo una última fotografía como despedida y me dispongo a volver a la “ciudad de las grúas”.

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