SALTA – Donde la figura de Güemes se encuentra a cada paso

Salta es una ciudad que mira al futuro y donde se respira la Historia. Atrás había quedado una jornada que se fue armando solo gracias a la buena suerte. Llegué a la capital de la provincia en el Día de los Museos. Así, logré visitar, en horas, parte de este patrimonio que aún se conserva o fue reconstruido luego de un terremoto ocurrido tiempo después de su fundación en ocurrida 1582. Casi todos los edificios más antiguos son el producto de ese último evento que generó la naturaleza. Tal como lo había leído en blogs de amigos, interesante y hospitalaria se me presentó la  “linda”, esta ciudad que fue una fracción de la ruta principal entre el Alto Perú y el Río de la Plata.  Se encuentra enmarcada en un valle por cerros y quebradas, los accidentes geográficos del terreno y la vegetación propiciaron el triunfo de la Independencia.

Reconozco que las experiencias narradas en Salta – Caminando hacia la Plaza 9 de JULIO colaboraron para darle forma al segundo día en la ciudad. De esta manera, el azar me ubicó, inesperadamente, en la parte previa de la crónica que  ahora me interesa narrar. La literatura, una vez más, se imponía provocativamente en mi recorrido. Fiel a mi costumbre, llevaba unas notas tomadas de diferentes fuentes, todas apuntaban a la figura de Martín Miguel de Güemes. Antes, releí a Juana Manuela Gorriti diciendo en 1858: “Un guerrero alto y esbelto y de admirable postura (…) rostro de perfil griego y de expresión dulce y benigna”. Esto contribuyó a acrecentar mi interés por conocer los lugares que evocan esa figura tan recordada desde el arribo a Salta, el aeropuerto internacional lleva su nombre. Así armé mi propio itinerario. Esto me permitiría acércame, con ojos de viajera curiosa e independiente, a la historia del héroe máximo de la provincia.

A escasos metros de la Catedral, sobre calle España, se encuentra una casa antigua pintada en color borravino igual que la bandera salteña inspirada en el poncho salteño o güemesiano. En los inicio del siglo XIX, Salta se convirtió en una de las ocho intendencias del Río de la Plata. El hogar de la familia Güemes se convirtió en la Tesorería de la Real Hacienda hasta 1819 y, a la vez, fue testigo del deseo independentista que se gestó junto a la partida de Martín Miguel hacia Buenos Aires para cursar la carrera militar. Increíblemente, quien fue considerado el héroe máximo perteneció a una clase culta y económicamente acomodada, que más tarde lo combatió y le dio muerte.

La familia vivió en una casa importante para la época.  Hoy es museo y, si bien presenta lo habitual en cuanto a los usos y costumbres de aquellos años, muestra a los visitantes no solo la historia de quien  lo inspirara, sino también parte de la gesta nacional. La tecnología al servicio de la Historia me lleva a viajar siglos atrás,  participar de charlas familiares, oír a un viejo arcón lleno de secretos y a vivir la muerte del héroe de la Independencia mediante la “humanización” de una antigua pintura que recrea el momento.

En lo que fue el patio familiar se pueden observar un conjunto escultórico titulado La tierra en armas. Este fue llevado a cabo con la contribución de porciones del suelo entregado por representantes de diversas regiones de la provincia de Salta. En cada una de las esculturas percibe ve el espíritu popular que impulsó los movimientos independentistas, el hombre común marchando bajo la inspiración de su líder e impulsor de las ideas sarmantinianas.

Querido por el pueblo y carismático como pocos, toda la provincia lo recuerda, si bien Güemes nació en el año 1785, en el Valle de Lerma o Valle de Salta, lugar donde me encuentro de paso hacia el Cerro San Bernardo. Allí me conmuevo frente a un imponente monumento construido con piedras extraídas del lugar.  Desde lo alto, con el dedo índice elevado,  la magnífica escultura del héroe parece dominar toda la ciudad. Cada 17 de junio, en su honor, los salteños hacen la “Guardia bajo las estrellas” rindiéndole homenaje en todos aniversarios de su muerte.

Dejando atrás el monumento me dirijo hacia el Cerro San Bernardo, tal vez el más popular entre todos, cuenta con un camino asfaltado que me lleva hasta la cima. Hay otra manera de subir y es a través de un teleférico. Ya en el lugar, puedo observar la mejor vista imaginada de la ciudad. El sitio recibe a los visitantes con un paseo de compras, bares, una escultura bellísima de Cristo y el poema donde encuentro respuesta al apodo de “la linda”. Sin dudas, el  poeta Viñals conoció en detalle el lugar y, enamorado, le rindió un homenaje que lo trascendió.

La imaginación me traslada a los años más duros del siglo XIX. Según cuenta la historia, precisamente allí, entre piedras y monte, eran “recibidos”  los realistas en las noches oscuras de Salta.  Desde las sombras y entre arbustos y cardales aparecían los gauchos rebeldes, valientes, guiados por Güemes o sus oficiales. Vestían el poncho borravino y las pierneras de cuero que se agitaban por el viento y hacían un ruido infernal junto al de los cascos de sus caballos. El temor hizo de las suyas en las filas enemigas y el reconocimiento hacia general  fue en ascenso.

Vuelvo sobre mis pasos, cerrando el final de mi recorrido. Pintada con color rosa muy cálido y austera como pocas, me recibe, otra vez, el edificio más importante de todo el conjunto histórico arquitectónico: la catedral. Cercano al ingreso, lado izquierdo, se encuentra el Panteón de las Glorias del Norte, donde el jefe tan aguerrido como amado descansa a escasos metros de la casa familiar.

Últimamente, con motivo del segundo bicentenario de su muerte, no es poco lo que se ha dicho o discutido sobre Güemes desde una perspectiva histórica revisionista, política o antropológica, así como tampoco el arte se abstuvo de recrear su figura en numerosas oportunidades.  Pero hay algo que es irrefutable y que los trascendió: el sentimiento de respeto y cariño  que supo ganarse de parte  de los lugareños, del hombre común, que le confirió un liderazgo con quien tuvo el mismo  objetivo: la emancipación de latinoamericana. Hoy, su presencia se percibe hasta en lo cotidiano: en el recuerdo presente en el color que lo identificó, lugares emblemáticos, anécdotas…  Salta huele a Historia.

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