SALTA – Caminando hacia la Plaza 9 de Julio…

Salta es más que linda. La capital de la provincia me recibió en una noche de otoño e, inmediatamente, quedé deslumbrada. Ya había oído hablar sobre la importancia que tiene la Plaza 9 de Julio, pero nunca pensé que encontraría edificios tan imponentes como los que descubrí a su alrededor.

Creo que visité dos ciudades en una: la de la noche y la del día. La primera, con esas antiguas moles artísticamente iluminadas, destacándose en las penumbras o recortándose en el cielo. Quietud en la noche fría, silencio solo apagado por los pasos de algún que otro transeúnte, pocos turistas tomando fotos y admirando tanta belleza. El resto, seguramente…en las peñas, me dije convencida.

La otra ciudad, a plena luz del día, cálida por la gran amplitud térmica que se observa en el noreste argentino, se encuentra llena de turistas que no dejan de conocer ninguno de los museos, todos de gran importancia.

Camino hacia la emblemática plaza, saliendo desde el hotel donde me hospedé. A escasos metros, me encuentro por un lado el antiguo convento San Francisco de Asís, del cual lleva el nombre mi alojamiento. A su lado, la basílica menor. Más tarde leo que desde el siglo XVII hasta la actualidad, desde su construcción inclusive en nuestros días vive en proceso de conservación o restauración. No en vano, Salta es una de las ciudades americanas que guarda en mejores condiciones el casco colonial español, el estilo barroco se hace notar en toda la fachada y se realza gracias a la iluminación de la noche.

 

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En sentido contrario, a pocos metros también,  encuentra el edificio católico más antiguo de la ciudad: el Convento San Bernardo perteneciente, desde el siglo XIX, a la orden de las Carmelitas Descalzas. Con anterioridad, había sido una ermita en honor al santo que lleva su nombre, luego  desaparece debido a un terremoto que asoló la ciudad en 1692. Tras años de abandono, en el siglo XIX, se reabre como hospital. Es austero, pequeño y unido desde el interior, por un sistema galerías subterráneas, con el Convento San Francisco.  Muestra como atractivo, en inmejorable estado de conservación, una antigua puerta. Tras ellas, las monjas de clausura, cuyo único contacto con el exterior es a las seis de la mañana, hacen oír sus alabanzas a través de un enrejado a los turistas y lugareños madrugadores. El templo se abre solo a esa hora y, a través de una puerta giratoria, luego de responder a un lacónico “Ave María purísima…”, se puede comprar artesanías que son parte del sustento del lugar.

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A propósito de la puerta, dicen que la hizo colocar un importante terrateniente cuya hija, para resolver situaciones amorosas no correspondidas, decidió entrar al claustro. Su padre, honorable caballero del siglo XIX, a modo de tributo y despedida, la donó al convento. A través de ella, vería pasar a su primogénita por primera y última vez. 

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Ya situada en la plaza, no dejo de admirar los árboles añosos, diversos, frondosos, entremezclados con las esculturas, algunas de ellas de origen europeo. La principal es un homenaje a Antonio Álvarez de Arenales. Fue un militar argentino de origen español que  luchó por la independencia. La misma está rodeada por palomas que, lejos de ser consideradas una plaga, son valoradas y agasajadas por los turistas con granitos de cereales. Junto a la escultura mayor  se encuentran, más abajo, las de quince musas que representan  las Provincias Unidas del Río de la Plata. 

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En el mismo lugar, veo una glorieta (como en otras ciudades americanas) donde se baila folclore y tango. Todo convive en armonía, invita a caminar lento, a sentarse bajo los árboles para disfrutar unas vistas inmejorables, a tomar fotografías tratando de evitar el paso del turista desprevenido o del vendedor ambulante que vocea y muestra su mercancía. Miro hacia los costados y se destacan la Catedral, el actual Museo Arqueológico de Alta Montaña, la Casa de la Cultura y el  Cabildo, entre otros edificios en perfecto estado de conservación.

Me considero una viajera afortunada, sin previsión alguna, llegué a Salta en el Día de los Museos, en realidad, el gobierno de la ciudad hizo que ese día se prolongara uno más. Así, pude aprovechar mi visita de manera mucho más calma y agradecida por todas las actividades  que logré concretar. Cada uno de ellos había preparado un recorrido gratuito y exclusivo dentro de un horario extenso con el objetivo de recibir a la mayor cantidad de turistas.

El primero al que accedí, fue al Museo de Arqueología de Alta Montaña, conocidísimo desde su inauguración,  ocurrida en noviembre de 2004, este lugar guarda las momias de los “niños de Llullaillaco”. Son los cuerpos de pequeños que fueron ofrenda a los dioses según la cultura incaica. Se encuentran perfectamente mantenidos a temperaturas muy bajas similares a las del cerro donde fueron hallados; son expuestos al público en forma rotativa.

Es un museo sumamente moderno donde se puede conocer toda la historia de esa civilización y lo que involucra al hallazgo arqueológico en sí, a la ceremonia funeraria, ajuar y demás, hasta la actualidad. También se exhiben los documentales de la expedición y cartelería informativa en el interior del edificio recientemente remodelado.

Si bien comunidad de arqueólogos y antropólogos de Argentina mira con disgusto la muestra al público de restos humanos,  podría afirmarse que este museo es uno de los más visitados de Salta. Y sin duda, es el que mayor defensa de los hallazgos generó debido a la importancia que el mismo tuvo para la región como hecho cultural.

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En segundo lugar, mi visita fue destinada a la Catedral Basílica de Salta y Santuario del Señor y la Virgen del Milagro. Fue construida en la segunda mitad del siglo XIX, es parte de la reconstrucción de un edificio más antiguo que fue destruido a medias por el sismo antes mencionado. Más tarde, la  declaran Monumento Nacional porque en su interior, en el Panteón de las Glorias del Norte, se encuentran los restos de hombres ilustres como fueron Martín Miguel de Gûemes, entre otros. Todos ellos se destacaron en la lucha por la independencia y Salta les rinde homenaje a cada paso.

La catedral, en su totalidad, fue construida bajo los estilos barroco y neobarroco. Su estado de preservación es perfecto, igual que los otros edificios históricos cercanos a la Plaza 9 de Julio. A su vez, alberga tres museos con arte sacro.

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Enfrente, atravesando la plaza, se observa desde varios puntos estratégicos  la presencia del histórico Cabildo. Con una bandera argentina que  cruzaba al balcón principal de lado a lado,  para presenciar múltiples actividades, fue abierto al público. Por fuera, sobre la calle, una exposición de motos antiguas se sumó a los festejos. En el interior me informan acerca de este edificio colonial.  Fue sede de las autoridades durante dos siglos (desde 1626 has 1888). Se lo sometió a reconstrucciones, se lo utilizó como destacamento policial y terminó siendo vendido para servir con otros fines. Finalmente, en 1945 sufre una nueva restauración.

Este Monumento Histórico tiene dos plantas, en la superior,  destacándose, se encuentra el Museo Histórico del Norte. Sus salas perfectamente organizadas muestras en orden cronológico todo lo que involucró a la vida cotidiana y oficial salteña, inclusive desde la época prehispánica. En la planta baja, se destaca la zona de carruajes.

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El patio del cabildo, me recibió con una verdadera sorpresa. Y así terminó el primer recorrido alrededor de la histórica plaza: la Orquesta Sinfónica de Niños y Adolescentes de la Provincia de Salta ofreció un concierto gratuito. Con  informalidad muy “cuidada”, su directora nos fue haciendo participar del espectáculo interactuando siempre con el público. Con su relato nos llevó a través del tiempo, abundó en información. Todo muy ameno y cálido.

Hasta el atardecer nos cautivaron con música clásica, pasando a la regional y terminando con una selección de Queen. Un repertorio ecléctico y atrayente que se sumaba al pedido de palmas y a las aclaraciones de “a este tema lo escucharon en tal o cual película”. El atardecer nos encontró en el patio del  lugar histórico con una sensación de plenitud y gratitud que se prologaría a lo largo de todo mi viaje al NOA.

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Así concluyó la primera parte del recorrido por la zona del centro histórico de la ciudad. Unas riquísimas empanadas cuyo jugo desbordaba los límites de la masa y con un aroma que se percibía invitando desde lejos, fueron acompañadas por uno de los magníficos vinos de los valles. Luego, golosamente, me empeñé en probar el exquisito dulce de cayote con queso de cabra y nueces, otras delicias de la región. La gastronomía norteña –pensé- no tiene desperdicio y me prometí seguir incursionando en el tema en los días venideros. Así, finalizó mi primer día de recorrido por el centro histórico de la ciudad.

Salta, la linda me encantó de entrada, me envolvió con su historia, tradiciones y sabores. Me propongo descansar, ya es tarde,  los días venideros incluyen visita a los cerros, los valles calchaquíes,  el museo de Gûemes y la noche salteña: peña, música y baile.

Admiro una vez más los edificios iluminados. Pienso…  ¿qué más puedo pedir? Me respondo: volver, solo volver. Ya me di cuenta, con una vez, no alcanza.

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