¡ROMA! En solo cuatro días…

Parte uno: Datos útiles sobre llegada a la ciudad y Vaticano.

Sueño con volver a Roma. Cinco noches en esa ciudad han hecho que desee fervientemente regresar. Roma es lo que vemos en las películas, documentales, libros y es mucho más. Atrapa y deslumbra; emociona y conmociona. Anhelo volver para conocer lugares que no pude recorrer en mi corta estadía. Mientras tanto,  les cuento que caminé en esos pocos días con pasos  muy lentos, pero “saboreando” todo lo que visité.

Tengo por regla hospedarme cerca de las grandes estaciones de transporte público o en lugares bien céntricos, depende de los costos de alojamiento. Por ese motivo, en esta oportunidad, opté por el primer caso. Luego, comprobé lo simple que fue moverme hacia las atracciones de Roma utilizando al metro para trasladarme. Todo mi viaje se vio facilitado por esto, así pude conocer los sitios más interesantes y bellos de la ciudad y, tal vez, más visitado por los viajeros.

Me trasladé desde El Aeropuerto Internacional Fiumicino hasta la Estación Termini en autobús, era lo más económico y sumamente accesible ya que pude hospedarme a solo cinco minutos a pie de la central de transporte público. Esto fue importantísimo porque desde ella salen y llegan ómnibus, trenes y  el metro. El barrio no me defraudó, si bien tenía noticias algo perturbadoras, nada me incomodó. Me encontré con un lugar amigable e ideal para mis necesidades y presupuesto.

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El  PRIMER DÍA de recorrido (había llegado en el atardecer del anterior y necesité descansar), comenzó con lluvia. Nada me importaba, ¡estaba en Roma! Satisfecha con mi hospedaje de dos estrellas (Hotel Corallo) y su magnífico desayuno (imperdibles los capuchinos italianos y los cornettos rellenos con crema pastelera entre otras opciones), decidí salir a la calle.

¿Quién no desea conocer el templo católico más importante del mundo? Múltiples son los motivos para acercarse y recorrer la Basílica de San Pedro. Y hacia allá nos dirigimos  en metro con otros extranjeros que se sumaron a la visita del lugar más concurrido de ese pequeño estado, el más pequeño de todo el mundo.

Caminamos con mucha comodidad por la Vía della Conciliazone con unos pocos fieles tratando de sortear charcos, llenos de agua  y ansiosos por ingresar a la basílica. El día no era de los mejores, pero yo estaba en Roma y la lluvia era un tema bastante menor.  Muchos locales de ventas de souvenirs o elementos sacros permanecían abiertos esperando a los clientes más tempraneros.

Cubriéndonos con paraguas, hicimos la fila correspondiente para entrar bien temprano a la basílica (creo que es importante aclarar que es gratuito). Subir a la torre tiene un costo accesible, pero optamos por no hacerlo.

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Mientras esperábamos nuestro turno para ingresar, pude observar a mis anchas aquella plaza casi despoblada por el invierno frío y lluvioso. Tomaba fotos a la vez que veía en lo alto las esculturas de cuarenta santos, las  fuentes, el imponente obelisco y la fachada del templo. Más allá, en los edificios posteriores, pude ver balcones. Recordé que en uno de ellos el Papa Francisco  recibe al mundo, reza y se dirige a sus feligreses todos los días domingo. Me propuse estar ahí, imaginé vivir una experiencia única de  demostración de fe que solo pude percibir  en México. Adelanto que logré hacer realidad mi intención, siguiendo el orden de mi relato, lo expondré en la última parte de mi visita que fue el día de “ángelus”, escasas horas antes dejar Roma.

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Ya en el interior de la Basílica de San Pedro, me deslumbré ante el altar mayor y sus púlpitos. Pero debo destacar que lo más impactante fue la consideración especial que recibe la capilla que guarda la tumba de Juan Pablo Segundo, sin dudas, es la más visitada. Originalmente, el cuerpo del santo se encontraba en una cripta, tras su beatificación fue trasladado cercano a la nave central, se encuentra en uno de los costados  de La Piedad de Miguel Angel.

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La estatua de San Pedro, en la parte derecha del templo, fue hecha en bronce, se conserva desde el medioevo y es  venerada por los fieles quienes le tocan sus pies pidiéndole gracias. Recorrí con toda comodidad el templo, me dio tranquilidad no haber tomado servicio de guía (llevaba la mía en forma de libro y la fui consultando cada vez que lo necesité sin gastar dinero). Invertí  allí una considerable cantidad de tiempo, me alegró la decisión de haberlo hecho por mi cuenta,  de otra manera no hubiera podido detenerme y retomar mi deambular según mi gusto e interés.

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En el interior del Vaticano hay un pequeño museo, lo visité. Pero se me volvió prescindible  luego de haber estado, durante casi toda la tarde, recorriendo los  Museos Vaticanos: sus galerías, monumentos y jardines.

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Entre las salas que presenta una de las que más me dejó boquiabierta fue la destinada a la obra de Rafael. !Qué colorido! !Cuánta maestría! Imposible no admirar tanta belleza.

Por fin, logré arribar a la Capilla Sixtina, esa gran joya de la iglesia católica casi desierta debido al mal clima que reinaba en toda Italia y gran parte de Europa en aquellos días de 2015. Pude sentarme en los bancos que hay adosados a la pared, cambiar de perspectiva cada vez que quise hacerlo, releer mi guía y no dejar de admirar, con mi cabeza siempre levantada, los frescos pintados por Miguel Angel en los comienzos del siglo XVI. Lamentándome una y otra vez la prohibición de tomar fotos en lugares como la capilla, salí del museo cuando ya estaban cerrando, oscurecía y llovía copiosamente. Una luz interior me acompañaba, estaba profundamente satisfecha y motivada por el día tan movilizador que había vivido.

 

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