POSTALES DE XOCHIMILCO- MÉXICO, donde todo es música, color y tradición

Luego de viajar en coche desde Coyoacán, fue sumamente agradable llegar a Xochimilco (Patrimonio Cultural de la Humanidad) para abordar una “trajinera”, esas coloridas barcas de madera que, desde tiempos prehispánicos, surcan el canal. Xochimilco es uno de los escasos espejos lacustres que ha quedado desde la colonia.

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En la actualidad, estas embarcaciones son pintadas de manera muy colorida, tiempo atrás circulaban con cuidada ornamentación de flores. Hoy, cuando una mujer sube a bordo se la recibe gentilmente con una flor.

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El recorrido incluye visitar las “chinampas”, dice la Historia que desde ahí salía el alimento para Tenochtitlán, en esas tierras ganadas al lago hoy se cultiva hortalizas y flores. Todo al alcance de la mano y de los ojos de los visitantes. Basta con descender de la trajinera para encontrarse en uno de esos lugares, donde la labor no cesa más allá de la curiosidad y el asombro de los recién llegados.

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Por momentos, la música invade el aire. Los mariachis acompañan a los visitantes durante el recorrido. Lo hacen desde las márgenes mismas del canal o escoltando, en su recorrido, una trajinera.

No falta la letra y la música de Las mañanitas dedicada a los lugareños o a los turistas que, con espíritu festivo, hasta allí llegan.

“Estas son las mañanitas/que cantaba el rey David/hoy por ser el día de tu santo/te las cantamos a ti”

No hay fiesta o celebración que allí no se conmemore con alegría; las trajineras se arriman hasta unirse y los invitados se desplazan de una hacia otra con comidas y bebidas típicas. Todo es música, baile y celebración. Se oye cantar a viva voz: “Despierta, mi bien, despierta/mira que ya amaneció/ya los pajaritos cantan/la luna ya se metió”

Es curioso ver a los ocupantes de las chinampas desplazarse con suma agilidad en sus chalupas para abordar las trajineras. Estas últimas son mucho más pesadas y se traccionan mediante una vara de gran grosor y altura, mientras que las embarcaciones pequeñas se mueven a remo y van cargadas de chicharrones, manzanas con caramelo, refrescos, pequeños recuerdos e, inclusive, productos de su propia producción.

Para tentar a los turistas, es común ver a los remeros de las chalupas pasar de una trajinera a otra con un gran canasto cargado de dulces típicos que contribuyen con la economía del hogar. De igual manera, los jóvenes trajineros (que deben hacer un considerable esfuerzo para conducir la embarcación) se convierten en nada improvisados guías turísticos. Sus relatos se extienden con el solo objetivo de obtener propinas y de propiciar más entretenimiento a los visitantes.

Cuando uno llega de regreso al embarcadero, no puede evitar pensar en la importancia que tuvieron estos lugares estratégicos que unían lo que hoy es el sudeste de la Ciudad de México con el interior. La Historia lo recuerda en detalle, y los trajineros, conocedores del tema, en sus narraciones no dejan de lamentar aquel pasado glorioso que luego fue vulnerado.

Sin embargo, todos se empeñan en mantener vivas sus tradiciones, su cultura y la economía de quienes trabajan en ese oasis en medio de la gran urbe, lo hacen con esfuerzo y le imprimen a la tarea la alegría y el color que caracteriza al pueblo mexicano.

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