GRASSE, TAN PERSISTENTE COMO FUGAZ

En los días finales de enero, con “EL PERFUME – Historia de un asesino” de Patrick Sûskind en mi bolso de mano, partí desde Niza hacia Grasse. Disponía de escaso tiempo.  Atrás quedaba la Costa Azul y el Mar Mediterráneo. Solo contaba con unas pocas horas de luz y me invadía la ansiedad, debía administrar el recorrido a partir de mi propia “ruta del perfume”: una caminata breve por el casco antiguo de la ciudad, visita fugaz al Museo Internacional y la Casa Fragonard.

Luego de abordar un autobús que me llevó directamente a Grasse, tras un viaje de algo más de una hora, llegamos a la pintoresca y pequeña ciudad. Edificios góticos, señoriales que parecían estar deshabitados, poca gente en la calle y un suave perfume en todo el recorrido me recibieron provocándome  un ánimo muy favorable para aprovechar mi visita.

El camino sinuoso de la alta colina, parte de la “Ruta de la Mimosa,” llega a su fin en esta zona, ellas proliferan en la Costa Azul gracias al excelente clima que tiene durante casi todo el año. Necesitan sol, como ese que irradian a través del amarillo brillante de sus flores con forma redondeada. Se encuentran en todo el trayecto, actualmente, en estado salvaje a lo largo de los 130 kms de carretera desde Bormes-les-Mimosas hasta Grasse, la capital del perfume y las flores.

Cuando descendí del vehículo, comprobé que, según lo que tenía subrayado en el libro, nada quedaba de aquella ciudad que Grenouille (el protagonista de la novela y de la película), deslumbrado, vio en pleno siglo XVIII, y sobre la cual observó que “…en medio del fango, la suciedad y la estrechez, la ciudad bullía en actividad comercial”.

Pude imaginarlo agazapado, oculto detrás de unos bártulos cuando “descubrió en su recorrido nada menos que siete jabonerías, una docena de maestros de perfumería y guantería, innumerables destiladores, talleres de pomadas y especierías y por último unos siete vendedores de perfume por mayor”.

Hoy, todo es orden, pulcritud. Un perfume suave o intenso invade Grasse, según la floración de la estación es más o menos perceptible, es una agradable experiencia caminar por las calles adoquinadas y estrechas rodeadas por edificios color terracota o de un amarillo “viejo”, muchos de ellos fueron recuperados como locales de venta de artículos de perfumería, pero en su mayoría parecen solo ser parte de una escenografía abandonada, lo cual acrecentó mi interés y curiosidad.

Recuerdo que Grenouille, el asesino serial, más allá de su obsesión por jóvenes vírgenes, pudo evaluar que “del perfume de cien mil capullos solo quedaban tres pequeños frascos. Pero aquí en Grasse ya valían una fortuna, y muchísimo más si se enviaban a París, León, Grenoble, Génova o Marsella!!!” Hoy, no es difícil imaginar la importancia económica que tuvo el lugar en el siglo de los inicios de la industrialización en Francia.

Así fue como, entre pensamientos y observaciones, decidí abandonar la caminata para entrar brevemente al Museo Único Internacional del Perfume que tiene la ciudad, donde el visitante es recibido con suma amabilidad y es invitado a recorrer cada uno de los espacios que lo componen.

Mi interés, más allá de los elementos de fabricación, se centró en una muy ilustrativa charla sobre la ruta del perfume, su origen, historia y demás. La terraza, luego, me recibió con una avalancha de perfumes. Uno sale del lugar con una sensación de “borrachera”. Es difícil resistir la tentación de probar los más extraños y exóticos aromas.

ruta perfume

Finalmente, me dirigí a la “usina”, como reza el cartel de la fachada del antiguo edificio de la Casa Fragonard. En la media-tarde de aquel invierno benigno de 2016, mi libro yacía abandonado en el fondo del bolso esperando ser leído en la hora de regreso, anochece rápido, pronto debía tomar el autobús que me llevaría a Niza antes del atardecer.

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Cuando entré a la antigua Casa, quedé deslumbrada ante la belleza y hospitalidad del lugar. Todo parecía estar parado en el tiempo, cuatro generaciones se habían ocupado de la fabricación de los más importantes perfumes del mundo de la moda y, aún, se abre al público que recorre con soltura e interés todas secciones que parecen competir entre ellas en cuanto a confort y armonía con el resto.

Magnífica es la exposición de envases de sus propios perfumes; los colores y las luces tenues invaden el lugar e invitan a quedarse observando, sin apuro, cada sector. La exquisitez, la austeridad y, a la vez, el buen gusto predisponen a alargar la visita.

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Finalmente, uno llega a la sala de ventas como es habitual en estos casos. Allí, todo es seductor, todo invita a ser comprado.

Ya en el vehículo que me llevó a Niza, volví a abrir mi libro y leí… “En abril maceraron retama y azahar; en mayo, un mar de rosas cuya fragancia sumergió a la ciudad durante todo el mes en una niebla invisible, dulce como la crema…”

La rápida visita a aquella pequeña y bella ciudad fue una fiesta para mis sentidos. Una vez más, un libro me abrió la puerta a un viaje conocido a medias a través de sus páginas, fue breve (en este caso), pero tan intenso como cada uno de los perfumes que invade Grasse, aún percibo aquellos aromas con solo evocar ese corto día de enero.

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