BERLÍN, LA CIUDAD DE LAS GRÚAS

Nunca imaginé que algún día viajaría a Berlín. Tal vez, porque siendo adolescente aún leí abundante literatura sobre el holocausto judío o por las películas, versiones de las novelas en la mayoría de los casos, que fui viendo de manera casi obsesiva ya en mi madurez. Esto, sin dejar de contar las noticias que me llegaban más tarde, a través de los medios, sobre la Guerra Fría y el posterior y traumático camino hacia caída del Muro de Berlín.

La Historia, tan terrible, iba creando en mí un desconocimiento ingenuo o prejuicio que impedía interesarme por esta ciudad que acabo de descubrir y que, directamente, me atrapó.

Creo que hay una ciudad como en dos niveles diferentes, uno casi subterráneo o a flor del suelo, que uno puede caminar evitando pisar, respetuosamente, las “cicatrices de guerra”, como llaman a los restos del muro que quedan apenas asomándose entre el césped muy bien cuidado. La gran muralla, junto a la “franja de la muerte” partieron, durante veintiocho años, la ciudad en dos con sus alambrados de púas, minas, guardines con feroces perros entrenados y armas.

El muro (parcialmente conservado), de pronto, se erige mostrándose como monumento o conteniendo múltiples murales que pintores de todo el mundo le han dedicado y que, periódicamente, renuevan con esmero. Es conmovedor escuchar las historias de gente común que salió del anonimato, en la mayoría de los casos, por frustradas huidas. Quedan, en las fachadas de edificios, inmortalizados dramáticos momentos que no siempre tuvieron un final feliz.

Berlín occidental y Berlín oriental unificadas muestran, hoy, un horizonte muy particular.

Como anécdota, no puedo evitar recordar a una joven familia con la que compartíamos el free walking tour, cuyos dos niñitos jugaban a la pelota tomando como arco el muro, todo en un marco de amabilidad en una ciudad que se permite la ingenuidad y la inocencia más allá de lo terrible del contexto histórico que muestra.

En la altura, cuando uno eleva la mirada, está la otra faz de la ciudad: la de las grúas, es inevitable verlas. Ellas, junto a edificios monumentales que aún muestran los muñones de la Segunda Guerra Mundial.

Esta última visión se conjuga con la otra. A mí se me presenta o se me superpone ambas imágenes junto a la de una gran cantidad de jóvenes de todas las etnias y nacionalidades que conviven laboriosamente en la ciudad.

Jóvenes, grúas…jóvenes-grúas.

Explicaré esto para se entienda. Una grúa tiene poco y nada de bello, pero el contexto hizo que me enamoraran, si bien, por momentos, es difícil evitar que una de ellas se “cuele” en las fotografías.

Berlín muestra sus heridas, el humo de las bombas sobre los edificios que aún están siendo restaurados, pero también muestra las grúas, está plagada de ellas. Veo allí el símbolo de una ciudad que con esfuerzo y perseverancia se levanta y no pretende olvidar el miedo, sus dolores ni su Historia.

Berlín luce como una ciudad joven y de jóvenes, que eligió ser así. Uno de sus lugares más interesantes y emblemáticos es la Isla de los Museos. Grandes edificios públicos, cercanos a la reconstruida catedral, que fueron semi-destruidos durante la segunda Guerra Mundial. Hoy, junto al Río Spree, funcionan como museos cercanos a grandes parques verdes, con público heterogéneo que pasa horas escuchando música en vivo, yendo y viniendo de un lugar a otro.

Acercarse a muchas de sus paredes casi desnudas, ver o tocar en ellas lo que hizo el flagelo de la guerra es una experiencia conmovedora y “didáctica” a la vez. Berlín le muestra al mundo lo que los hombres son capaces de hacer. Pero no se queda en la queja o lamiéndose las heridas, rejuvenecida mira hacia lo alto a un horizonte casi, simbólicamente, plagado de grúas.

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Sentada junto a mi hija, compañera de viaje en esta oportunidad, en la escalinata del Museo de Pérgamo, en el cálido mes de julio de 2017, no pude dejar de pensar en Holocausto de Gerald Green ni en la lectura Ana Frank de mi adolescencia ni en Ladrona de libros de Marcus Zusak, entre otros, algo parecido me ocurrió frente al muro, cuando asombrada me enteré que Libre de Nino Bravo cuenta una de las tantas tristes historias que vivieron, como en este caso, los jóvenes de Berlín.

Caminando hacia Alexanderplatz, miro por última vez la ciudad que muestra el muro y edificios monumentales en restauración junto a edificios modernos en plena construcción. Más allá, la impresionante antena de televisión recortándose en un cielo ganado por pesadas maquinarias destinadas a hacer que pasado y presente continúen ofreciéndose de manera aleccionadora a toda la humanidad.

3 comentarios sobre “BERLÍN, LA CIUDAD DE LAS GRÚAS

  1. ¡Me ha encantado!
    Berlín es uno de esos sitios que tengo pendiente visitar, en gran parte, como tú misma has comentado, por la historia.
    También he leído mucho sobre el Holocausto y, desde luego, debe de ser un sitio cargado de anécdotas.
    ¡Un saludo!

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