NOTRE DAME, UNA VISION DESDE LA ALTURA

Un deseo de viajera “cumplido” es mirar la ciudad de París desde lo alto. Confieso que no me impactó hacerlo desde la Torre Eiffel, sus más de 300 metros de altura no hicieron en mí lo que experimenté al subir, escalón tras escalón, la torre que en aquellos días estaba habilitada en Nuestra Señora de París.

Llegamos en metro a la Isla de la Cité desde Montmartre, lugar donde nos alojábamos, rápidamente, enderezamos nuestros pasos hacia Notre Dame.

Cuando vi el templo desde la gran explanada del frente, mi asombro o emoción hicieron que me sentara sobre el cemento frío un rato para poder mirarla “a discreción” desde afuera. Permanecí siempre observando hacia lo alto, como queriendo que el tiempo no pasara, como reservando parte de asombro para lo que habría de venir.

Muy de a poco, fui acercándome, tomando fotos y con mi cabeza permanentemente levantada hacia sus paredes o sus torres.  No creo poder describir lo que allí y en el interior vi, cuánta belleza, cuántos años de laborioso trabajo de los escultores, tallistas, forjadores, cristaleros que trabajaron bajo las órdenes de maestros arquitectos desde el siglo XII y en sus diferentes restauraciones.

Valoré, repasé con la mirada, me senté en un lugar muy reservado, medité, escuché a los lejos un añoso clavicordio…disfruté.

DSC03963

Y decidimos enfilar hacia el objetivo: la torre desde la que veríamos París desde la altura. El esfuerzo físico que se requiere para llegar a ella, en el caso de una viajera sedentaria y con algo de sobrepeso, hace que, quizás, sobrevalore la experiencia, pero esto, precisamente, es lo que quiero transmitir: lo que experimente en París, pocos días después de aquel terrible atentado.

Los escalones gastados de la escalera caracol, angosta y con escasa ventilación crea una atmósfera no muy apta para claustrofóbicos (no se puede retroceder para bajar). Se debe respetar la llegada al primer mirador. Un paso obligado fue la tienda de souvenirs, no así la Sala de las Gárgolas o como se llame, el paso a diferentes lugares en aquellos días estaba bastante limitado.

Paso a paso, un escalón tras otro, y otro más… y ya van…. La cuenta se pierde….

El corazón late a ritmo apresurado (menos mal que viajé en invierno, como casi siempre, soy poco resistente al calor y la humedad). Con dificultad, logré llegar y “tomar” mis tan ansiadas imágenes de la ciudad desde el ala este.

París invernal, gris, fría y triste se ofrecía para ser fotografiada: a lo lejos la Torre, Sacre Coeur, el Sena, sus calles….

Mientras tanto pensaba que era poco tiempo asignado para recuperar el aliento, observar, disfrutar y fotografiar (todo a la vez) dado que otros turistas debían ocupar nuestro lugar.

Igualmente,  ver el Sena y sus márgenes desde lo alto me hizo pensar en la vendedora de castañas asadas que, como en las películas o cuentos infantiles, ofrece su mercancía casi como susurrándole a los turistas o en el joven vendedor de libros usados que se acerca a quien lo requiera y le habla en todos los idiomas posibles para ser entendido o el viejo acordeonista que, sentado en un pequeño banco, ofrece sus memorables melodías “a la gorra” o en el retratista que creo haber visto ya en la plaza de los artistas en Montmartre o en los turistas boquiabiertos que recorren en barco el río en horas de la tarde.

Desde allí, creo, también haber visto los tan nombrados puentes de Julio Cortázar, querido compatriota que siempre me acompañó en este viaje, cuya tumba visitamos en Montparnasse y sobre la que alguna vez escribiré en este espacio.

También, a lo lejos, la Torre Eiffel a la que visitamos un atardecer y cuyo haz de luz sobre el Sena o la ciudad no logró conmoverme como mi breve estadía en la torre este de Notre Dame.

Solo desde allí vi, o creí ver a París, tal como casi siempre la imaginé.

A través de la malla protectora, miré a mis costados y me encontré con las pétreas y grises gárgolas! Están allí desde la Edad Media, atentas, expectantes, ajenas a la visita de los turistas como queriendo aún ahuyentar los demonios u otros espíritus del mal. Son las “estrellas” requeridas por los fotógrafos. Pensé si eran más conocidas por Nuestra Señora de París de Víctor Hugo o por las múltiples versiones que circulan, especialmente, la de Disney. En Argentina, posiblemente colabore aún más la memorable versión musical de Pepito Cibrián a la que pude asistir en el Teatro Broadway, en Rosario.  Poco importó encontrar rápidamente una respuesta, accioné mi modesta máquina una y otra vez ante los reclamos de quienes ya disputan su lugar.

DSC03972

Lloviznaba apenas, hacía frio y se sentía el viento en el mirador de la torre de Notre Dame, recordé una vez más la trágica historia de Quasimodo y Esmeralda…es hora de descender, me dije (sin haber entrado al campanario ni haber oído el famoso tañido de Emmanuelle), accioné por última vez mi cámara con la certeza de haber obtenido varias imágenes dignas de ser mostradas y que, con el tiempo, me ayudarían a recordar aquella tarde.

Descender fue mucho más ágil, se hace casi sin esfuerzo…ya en la calle, miré por última vez la catedral. Llevaba en mi mochila lo que creía mi mejor recompensa: las fotos de Paris desde las alturas (alegría bastante pasajera cuando comprobé que solo dos o tres salieron, las que aquí muestro con algo de pudor por la pobre calidad que tienen).

DSC03974

En fin, son mis fotos, fue mi experiencia. La recuerdo con nostalgia y la certeza de que no volverá a repetirse tal cual la viví. Me acompañaron grandes afectos y “recomendaciones de viaje” que no volveré a oír.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s